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viernes, 1 de septiembre de 2017

Carta a Oliver Sacks: demasiado tarde...


Entrevista concedida al programa Redes (RTVE - 2005).

Podcast: "Believe". Entrevista en BBC Radio 3. 2013.

Muy estimado Doctor Sacks:

Me pongo en contacto con su memoria porque en enero leí "Musicofilia", primer libro escrito por usted que cayó en mis manos. Lo devoré en dos días, fascinada ante aquellos increíbles casos y agradecida de que alguien concediera importancia terapéutica a la música y analizara los efectos de este sublime arte en el cerebro.
Me dirigí a su página para felicitarlo, sugerirle una monografía sobre ciegos al estilo de la que escribió dedicada a los sordos y relatarle algunas experiencias musicales, además de inquirirle acerca de particularidades relativas a la depresión que me intrigaban. Cuando llevaba dos párrafos de la carta que iba a enviarle por correo electrónico me asaltó un presentimiento que me hizo revisar su biografía, descubriendo con tristeza que había muerto en agosto de 2015. Entonces cerré el navegador y tal vez no comprenderá mi reacción posterior, o sí, que para eso ha estudiado los entresijos del cerebro. Igual ya lo intuye. Me eché a llorar como si acabaran de comunicarme el fallecimiento de un viejo y querido amigo cuya inestimable ayyuda, sin embargo, no hubiera sabido corresponder o agradecer debidamente. ¿Absurdo? No tanto.
Desde abril de 2016, cuando emergí de las terribles fauces de la depresión, quise saber lo que le había ocurrido a mi mente y cómo puede concebirse que el sistema permita errores tan garrafales como el deseo y la consecución del suicidio que, según creo, es exclusivo de la especie humana. Bueno: exclusivo PER SE, pues otros animales pueden entregar su vida para defender a las crías, genéticamente lógico. ¿Nos produce ese fallo la conciencia del propio final, de nuestro brevísimo paso por el planeta? ¿No estamos preparados para afrontar los requerimientos evolutivos por habernos saltado criterios de la selección natural?

Stephen Hawking, con su extraordinario ejemplo de superación y constancia, me dio una gran lección. Me ayudó tanto que le escribí agradecida, y ahora lo considero amigo aunque nunca vayamos a vernos y por más que yo, un fan entre millones, no le importe nada en absoluto. Intrigada ante su esclerosis lateral amiotrófica empecé a indagar más en cuestiones sobre el cerebro, así que desemboqué en usted por dos caminos. A estas alturas, además de varias monografías sobre la depresión y otras obras que divulgan la neurociencia (Sigman, Punset, Damasio, Ramachandran, Jauset y Sapolsky), he leído 12 libros suyos y voy por el decimotercero, precisamente la autobiografía. Adoro sus casos clínicos novelados, y el saber que existen tantos síndromes extraños me hace experimentar mayor fascinación por nuestro cerebro y maravillarme ante el hecho de que éste funcione correctamente; por regla general, claro. Pero volveré luego a comentar su obra. Sigo ahora explicando lo de mi llanto:
Cuando usted murió, y unos años antes, andaba yo muy ocupada con mi anhedonia, mi pensamiento recurrente en bucle, las ideaciones suicidas, el insomnio, la segregación masiva de glucocorticoides... ¿Cree que se me habrá dañado el hipocampo de por vida? Yo no detecto fallos de memoria, si bien aquel periodo lo reviva nebulosamente porque, claro, no fijaba los recuerdos. Había poco que interesara rememorar de aquella tortura, y además la carga emocional era inexistente. Llamémoslo "efecto impermeable": cualquier cosa que pasara a mi alrededor me producía indiferencia, y nada podía compararse, a mi juicio, con lo terrible de mi estado, con la anestesia del sistema límbico. ¿Estoy hablando correctamente? Aludo a ese coma emocional; a la incapacidad para llorar, reír, conmoverme ante cualquier cosa, sentir placer... Yo, apasionada de la música, no podía escucharla: ¡había dejado de significar algo para mí! No me había olvidado de discriminar los aspectos musicales, pero era como si me hablaran en otro idioma: no me transmitía nada. Si me hubieran dicho que se acabaría el mundo en pocas horas por la colisión de un asteroide, tampoco me habría alterado lo más mínimo. En enero de 2016 hubo un terremoto; no recuerdo el epicentro, pero se notó en la capital granadina. Yo estaba acostada con mi insomnio habitual cuando de golpe escuché un ruido de cristales, y la cama se movió hacia los lados, como si me acunara. Era la primera vez que presenciaba tal fenómeno geológico e ignoraba su magnitud, pero me dio igual. No me asusté; no salí a la calle; no alerté a mis padres, que dormían en la habitación contigua. Entonces no hubiera movido un dedo por mi vida; es más: tal vez la hubiese arriesgado, negligente, en mi afán de concluir tamaño sufrimiento.
¿Entiendes ahora el porqué de mis lágrimas, querido Oliver? ¡Oh, disculpe...! ¿Le importa que lo tutee? Es que... ¡También tú te deprimiste, y estuviste a punto de morir a los 34 años por efecto de las drogas! ¿Cómo osaste arriesgar tanto? "Sacks llegará lejos, si no va demasiado lejos" -decía un informe de tus profesores cuando eras adolescente. Pero, las drogas... ¡Maldita espiral diabólica! Claro: la dopamina al mil por ciento; luego bajón; después, insensibilidad absoluta; aumento de la dosis para alcanzar el equilibrio; mayor insensibilidad y más alto el umbral... ¡Pero tú eras neurólogo! Menos mal que fuiste lo suficientemente sensato como para detenerlo a tiempo. No hubiera yo leído tus geniales obras (ni nadie)(. ¿Y qué me dices de los pacientes? Habrían perdido mucho; algunos de los que sobrevivieron gracias a ti hubieran muerto... Y los postencefalíticos no habrían conocido aquel despertar, manteniéndose en el limbo hasta sucumbir sin ser investigados y en el olvido más profundo de una clínica para incurables. ¡Vaya, esto parece "Qué bello es vivir"! Si lo hubieras sospechado cuando te atiborrabas de anfetaminas... ¡Pobre Oliver! ¡Tan solo en la alienación...!

Seguro que hubieses respondido a mi carta de haberte escrito antes. Y si hubiera descubierto tus libros diez años atrás, por ejemplo, ¿habrían frenado mi caída hacia el abismo? ¿Me habría ayudado poseer un mayor discernimiento sobre el cerebro? ¿Habría podido relativizar? ¿Me habría dirigido a ti durante la crisis y tú me hubieses auxiliado, consolado, aconsejado? Tal vez hubiese ido a visitarte a Nueva York en busca de mi propia existencia, sepultada bajo montañas de anhedonia y tedio. Un día soñé que lo hiciste; que me ofrecías diligente el firme asidero de tu mano en aquel oscuro periodo, detenías emocionado, afectuoso y comprensivo mi llanto sin lágrimas y me liberabas por fin de la insoportable y eterna angustia, guiándome con tranquilizadora y cálida hsonrisa hacia la olvidada senda de mi propia vida y sus goces. luego tal vez habrías escrito sobre mí.
¿Qué hubieras hecho conmigo desde tu óptica neurológica, psiquiátrica y humana? ¿Qué hubieses encontrado en mi cerebro, de escanearlo? ¿Se trataba de una depresión normal o habría otros rasgos visibles? ¿Hubieras recurrido a la estimulación magnética transcraneal, la estimulación del nervio vago o la terapia electroconvulsiva? ¿Se sigue aplicando y es eficaz ésta última? ¡Qué horror! Perder memoria... Siempre asocio esta terapia a torturas o castigos, e imagino al paciente, por supuesto atado y contra su voluntad, retorciéndose de dolor y sufriendo terribles convulsiones epilécticas. Ya, ya sé que hoy día se aplica anestesia y menor voltaje, pero...
Me asomran los procedimientos empleados en el siglo XIX (y posteriormente) para terminar con la depresión: una rueda que te hace girar y girar hasta el mareo y la náusea, coma insulínico, baños gélidos o hirvientes, quemaduras, descargas, provocar el vómito... ¡Pobres criaturas! Y bueno: eso de la lobotomía... Aquí se permitía en la época de Franco para "curar desviaciones" como la homosexualidad: "el paciente no ve bien, tiene problemas para hablar, presenta descoordinación y torpeza de movimientos, pero parece haber abandonado su desviación sexual". No es broma: estoy tomando la idea de un informe redactado por Juan José López Ibor. ¡Qué animaladas! ¡Huy! Me acuerdo ahora de los pacientes a quienes cortaban el cuerpo calloso, no sé si era para frenar la epilepsia. ¡Incomunicación entre ambos hemisferios, qué desbarajuste! Es que una lesión cerebral acaba con la persona, porque la cambia totalmente; como en el caso de Phineas Gage y otros lesionados de la corteza prefrontal. ¡Oh! Me sorprendió tanto lo del músico que confundió a su mujer con un sombrero... Capaz de hacer una descripción exactísima de un guante y una flor al tenerlos ante él, pero sin saber lo que eran. Y los gemelos matemáticos, ¿cómo lo harían? Ese libro lo devoré en una tarde. Pienso que el cerebro oculta mucho de su potencial, como demuestran casos de savants buenísimos en una disciplina, a pesar de su nulo desarrollo en todas las demás. ¿Es que se hipertrofia una zona en exclusiva? ¿Cómo se pueden contar más de cien cerillas al instante de caer, o resolver complejísimas operaciones sin ni siquiera ser consciente de que se hace, y siendo absolutamente retrasado? Ah, al respecto me impresionó muchísimo Derek Paravicini, el pianista ciego savant con memoria y oído musicales increíbles.

En realidad, todos los casos que describes me han cautivado. He leído ya lo que hay disponible en bibliotecas de ciegos, espero encontrar más obras tuyas en soporte electrónico accesible.
Cuando te preguntaban a los cinco años qué era lo que más te gustaba en el mundo, respondías que el salmón ahumado y la música de Bach. ¿Tus padres no te comían a besos? Y luego hubiste de ir a aquel internado con el maldito director sádico que os pegaba. ¿Caería tu hermano en la esquizofrenia por su culpa, o por el acoso del colegio posterior? ¡Qué horrible! ¿Y nadie hacía nada? ¿Cerraban simplemente los ojos? ¿Los niños no acusaban al director? ¿Nunca lo contaste? ¡Pobre criatura! Eso, unido al trauma de la guerra... Pero, ¡qué inteligente y curioso eras, ya tan pequeño! ¡Cuánto sabías de química y cómo te cautivaba la ciencia! ¿Te arrepientes de no haber sido químico o biólogo? Bueno; parece que en la investigación tenías mala suerte. Creo que lo que hiciste fue lo mejor, si consideramos tu empatía, tu humanismo y tu curiosidad; la capacidad de escuchar, comprender y valorar al enfermo en todos los ámbitos. Estupendo que no obviaras su estilo de vida y sus aficiones, que los vieras desenvolverse en su entorno. Es que las personas no somos un número: tenemos una historia previa, un contexto... Tantas y tantas cosas que los médicos deberían valorar... Desde mi humilde opinión veo que la medicina general está demasiado burocratizada.
¡Qué cruel es la envidia! Lamento tantas injusticias como sufriste: tu jefe en la clínica de migrañosos, tus colegas a propósito de las investigaciones con los postencefalíticos... Ardo de indignación por lo que acabo de leer. Cuando estabas en esa unidad con jóvenes autistas y retrasados a los que trataban como a ratas de laboratorio y tú te esforzaste porque aquello concluyera estimulándolos, potenciando sus habilidades y gustos, sacándolos de excursión; queriéndolos, en definitiva, te topaste con el muro del descrédito y la oposición de los responsables. Steve, el chico autista que pronunció su primera palabra cuando lo llevaste al jardín botánico, se hubiera suicidado el día que te marchaste por culpa de tan burdo acoso, si no lo hubiesen detenido a tiempo. ¡Malditos estúpidos, acusarte de abusos sexuales a tus pacientes! ¡Qué ruin, zafio, bajo, indigno y rastrero! Yo habría llorado de pura tristeza, sin comprender la monstruosidad a la que puede llegarse porque sí; el daño gratuito que somos capaces de infligirnos.

¿Por qué sufro constantes rumiaciones oníricas de anhedonia desde mi salida de la crisis? ¿Es normal, o supone una latencia de mi depresión lista para emerger? El inconsciente no me ha proporcionado más recurrencias, sólo ésta. Se trata de episodios muy similares: yo estoy con amigos, o haciendo algo -da igual el contexto-, pero no lo puedo disfrutar por el fallo en la transmisión serotoninérgica. Curiosamente, sé que no voy a encontrarme bien ya nunca. La tristeza, el lamento y la asfixiante angustia son enormes. A veces trato de ocultarlo; no quiero que los demás se enteren...
Ya que estamos de confidencias y puesto que, al igual que a mí, te gustan las cartas largas, voy a relatarte mi único caso de alucinación musical. Ocurrió en 2011. Hubo en España un brote de sarampión y yo tuve la mala suerte de recibir a estos malditos virus, ¡a los 31 años! ¿Acaso no me vacunaron? ¿Estaba estropeada la vacuna? Nunca lo sabré, pues la cartilla ha desaparecido y antes no informatizaban los datos sanitarios. Lo pasé muy, muy mal. El médico de cabecera no acertó con el diagnóstico, llegando a recetarme antibióticos que me destrozaron el estómago. Los antipiréticos servían de poco y yo me mantenía impertérrita en los 39 o 39,5, hasta que me llevaron al hospital. Era lo último que me apetecía, pues me encontraba tremendamente débil. "¡Dejadme en paz, quiero estar tranquila!" -gemí aun conociendo mi derrota. Me tocó esperar en urgencias, con la calefacción muy alta a pesar de los 28 grados Celsius de temperatura exterior. Junto a mí había otros enfermos cuyos virus podían aprovechar la ocupación de mi sistema inmunológico para colarse. También estaban atendiendo a un suicida frustrado. Cuando llegó mi turno ardía de... ¿Fiebre? No; curiosamente no andaba muy alta, pero el ambiente del hospital era sofocante. ¿Por qué lo hacen? En verano, los enfermos tiritan con la climatización: una estupidez que encima tiene alto coste energético.
Todos, incluso el pediatra, parecían perdidos. Me hicieron varias radiografías que no condujeron a nada y, cuando ya iba a empezar a plantearme mi pronta muerte por culpa de algún exótico virus tropical, se me ocurrió sugerir (estaba inspirada, pues ni siquiera sospechaba lo del nuevo brote) que nunca había padecido algunas enfermedades infantiles como el sarampión. El pediatra consultó la Wikipedia (¡créeme, Oliver: fue así!) y luego me tomó varias fotos, lo que acrecentó mi sensación de bicho raro. Cuando salí de la consulta me encontré con mi vecina de silla en la espera, una amable viejecita de baja extracción cultural:
-¿Qué era?
-Sarampión.
-¡Ya lo sabía yo! Se lo estaba diciendo a mi hija: "esa chiquilla tiene sarampión".
¡Cuánto vale la experiencia, y qué poco se la considera! Pero me temo que estoy perdiendo el hilo:
Tras someterme a infructuosas radiaciones, el médico se dispuso a inyectarme algo; creo que metamizol magnésico (Nolotil) ante la persistencia de la fiebre. Mientras me pinchaba perdí el conocimiento. Sentí de golpe mucha paz, un extraño y reconfortante placer y, curioso, ¡oí una música! Digamos mejor una secuencia de notas, creo que seis, repetidas de igual manera y con el mismo ritmo; una especie de nana o mantra que logró su efecto. Luego -no sé cuánto tiempo después, me dicen que tras unos pocos segundos- percibí voces: "¡Levántale las piernas!". "¿Qué van a hacer ahora conmigo?" -pensé con muchísimo disgusto, y entonces no pude discernir nada más: no supe qué o quién era, dónde estaba o qué significado tenía aquello, lo que fuese. Era como un ordenador reiniciándose. Tengo la imagen de efectuar un considerable esfuerzo por poner en pie los recuerdos; todos los recuerdos; mi yo, mi persona al completo. Fue bastante incómodo. ¿Ocurre esto siempre tras un desmayo? Pero esa felicidad, ese bienestar..., y la música... Me dije entonces que la muerte, pese a todo, no había de ser tan terrible. La duda que me surge es si mi cerebro cayó en la inconsciencia por una súbita bajada de la presión arterial a causa del medicamento o bien motivado por el fuerte deseo que tenía de calma y soledad.
Tienes razón, querido Oliver: muchos pacientes nos pueden enseñar lo indecible sobre el funcionamiento de un individuo sano, y desarrollar capacidades que no hubieran sido descubiertas sin la dolencia. Mira a Hawking, por ejemplo; no habría llegado donde llegó. La ELA constituyó un incentivo. Paradójico, ¿verdad? ¿Conociste a Hawking? Tú has tratado a muchos pacientes como él. ¿Qué ha hecho el bueno de Stephen para superar todos los récords? Seguro que lo han ayudado su voluntad y su afán de aprender. Bueno, y la suerte: si se le hubieran atrofiado los músculos de la deglución... ¡Ay! Lo abrazaría ahora mismo, pues en cierto modo me ha salvado la vida.

Te dejo por ahora. Quizás incluya algunas reflexiones tras haber concluido tu autobiografía. Eres muy valiente al hablar así sobre tu lado oscuro y las intimidades privadas. ¡Oh, cuánto amabas la Naturaleza! Me hubiera encantado pasear contigo por un bosque inglés dgozando de ella y preguntándote sobre ciencia, o nadar en algún río o lago; pero yo nado sin estilo y con escasa velocidad, aunque sirva para no ahogarme. ¿Me hubieses impartido alguna lección? Fue buena idea cambiar la moto por la bici a comienzos de los 70. ¿Sabes que, pese a mi ceguera, aprendí a montar en bicicleta con 10 años? Ya no me atrevo a cogerla desde hace mucho tiempo, mas me apetece un montón ir en tándem: ¿me habrías llevado? Luego hubiéramos asistido a un concierto de Bach, y después nos habríamos concedido el disfrute de una cena con salmón ahumado, ¿qué te parece? ¡Ah, hubieses podido acompañarme al piano en algún aria! Y me habrías relatado curiosas historias de tus pacientes y de tus enriquecedores viajes.
¡Ay, cuánto me gusta soñar despierta! ¿Eso es un síndrome?
Muchas gracias por tu contribución a la neurología y al progreso humano en general. Con ojos llorosos lamento no haberte podido conocer, y ahora te abrazaría con el mismo sentimiento de gratitud que te invadió tras la noticia de tu pronto final. ¡Con cuánta serenidad y calma lo aceptaste! Nunca podrás consolarme, ni enjugar mis lágrimas. Tal vez incluso me hubieses reprendido por sucumbir al llanto: derroche inútil de energía y pérdida de tiempo, ¿verdad? Mejor no enfadarnos por lo que no podemos cambiar, ¿cierto?
Agradezco infinitamente tu enorme aportación como médico y como persona; tu calidad humana; esos magníficos libros y la inapreciable labor divulgativa. Ya no existes, y sin embargo vivirás mientras perduren tus obras, dignificando el nombre de nuestra especie. ¡Gracias, Oliver, y hasta siempre!
Tuya:
Rocío.
IN MEMORIaM
Oliver Sacks (1933 - 2015).
Artículo: Oliver Sacks despidiéndose tras conocer la noticia de su cáncer terminal.


Documental sobre la isla de los ciegos al color.

sábado, 8 de julio de 2017

Curso de música antigua de Galaroza: ¡una vez más!



De nuevo he tenido la inmensa suerte de participar en el curso de música antigua de Galaroza. Van por la sexta edición (¡idiota de mí, me he perdido cuatro!) y confío en que se siga organizando, porque hasta ahora carece de subenciones y si no ha muerto es por el tesón de la familia Sosa con la logística y por el compromiso y el amor al trabajo de los profesores, que imparten clases de forma totalmente desinteresada.

En Aracena hubo una muestra de música antigua que duró bastantes años;  yo fui en 1995 al concierto de presentación de la Orquesta Barroca de Sevilla: ¡ya ha llovido! Una pena que entonces no se me ocurriera participar: era casi una niña e imaginaba que no tendría el nivel suficiente, aunque la flauta la toco ahora prácticamente igual que entonces; o tal vez peor, pues en aquella época recibía clases de Guillermo Peñalver y Vicente Parrilla. Tenía que haberme lanzado, pero en fin: al tiempo no se le puede dar marcha atrás.

La muestra de Aracena finalizó en 2007 porque, con la crisis, le retiraron todas las subvenciones. Ya se sabe: la cultura es lo primero que cae; y algo tan minoritario como la música antigua no suele ser tenido en consideración por los grupos políticos. Me entristece tanto todo esto... Luego subvencionan espectáculos zafios y contraculturales; en televisión nos bombardean con programas tipo "Sálvame" donde priman la chabacanería, el insulto y la absoluta ineducación; la obscenidad; la ofensa... Si al menos el Ente Público formara a los ciudadanos, si los sistemas de enseñanza reforzaran lo que tienen que reforzar (una sólida base humanística y científica, un correcto sistema de valores y espíritu crítico), ocurriría lo de Alemania: que en la tele enseñen latín o hablen de la antimateria, pongan conciertos, ópera y teatro a horas sensatas y haya lugar para un canal educativo como ARD-Alpha.


Conclusión: ganas me dan de  emigrar a Alemania, o al menos por temporadas; pero mientras tanto, y por suerte, contamos con pequeños oasis como este festival enmarcado en un pueblecito de la sierra de Huelva, surgido de la nada por la iniciativa de José Luis Sosa y cuya labor agradezco desde aquí. José Luis, profesor de contrabajo en Jaén, toca el violone y su primo Carmelo el sacabuche. Antonio, hermano de José Luis, es el alcalde del pueblo y Emi, otra hermana, maestra. Ella implica siempre a los niños en el festival: este año han hecho un teatrito sobre don Quijote y han bailado pavanas y gallardas. No quiero excluir aquí a María Luisa, madre de los Sosa, cuyo buen hacer en la cocina hemos disfrutado todos. Tampoco me salto a Toribio con su hostal, donde muchos integrantes del curso encontraron alojamiento y casi todos hemos desayunado.
 
Con salmorejo casero y jamón de Jabugo en sangre hemos podido afrontar las exigencias de cinco días bastante intensos. Yo, como cantaba y tocaba la flauta, me he visto muy comprometida. En el concierto final intervine en seis piezas. Particularmente difíciles para mí fueron las obras policorales sin partitura. En el "Duo Seraphim" de Guerrero, para tres coros, estaba yo sola en el coro 3; por suerte me doblaban instrumentos, pero memorizar tus entradas en este tipo de polifonía resulta todo un reto. Salí airosa, menos mal; también de la sonata de Schmelzer para siete flautas de pico. Sí: este año había más flautistas, y de calidad; sobre todo Iria, ginebrina de padres gallegos que vino desde Suiza con su profesor. Tiene 17 años y ya es un portento, le aguarda un futuro brillante.
La Cantata de Riccio ("IUBILENT OMNES") sí dio tiempo a ser transcrita en la ONCE. Propongo pues, para cursos sucesivos, que se sepa con bastante antelación qué obras van a ser ejecutadas y en qué coro o parte voy a intervenir, de modo que me puedan transcribir sólo mi voz, lo que aligera las cosas. Me salva mi memoria musical, mi intuición y, claro, el haber escuchado mucha música del periodo.




 
Aparte de las clases específicas, de flauta y canto en mi caso, teníamos ensayo de consort, de tutti y cámara. Hicimos varias partes de L'Orfeo de Monteverdi, yo canté en "Vieni, Imeneo", "Lasciate i monti" y fui solista en el prólogo: ¡la música! Sucedió algo  divertido en uno de los ensayos, cuando el profesor preguntó quién era la música y yo respondí: "La musique c'est moi". Cristina Bayón, mi profesora de canto, insistió en que hiciera teatro; en que marcara cada parte con el afecto propio, lo que estaba diciendo realmente. Por supuesto introduje ornamentación monteverdiana.
Hubo dos breves talleres: uno de glosas y otro de introducción a la modalidad. En el primero se nos pidió que glosáramos sobre un canto llano de Diego Ortiz, ¡y se me dio hasta bien! El profesor, Manuel, me felicitó y luego toqué mi glosa en el concierto junto con otros tres glosadores.
El taller de modalidad fue más duro. Teníamos poco tiempo y claro, explicar en tres cuartos de hora el complejo sistema modal... Obvio, a base de pizarra y con rapidez; no pude asimilar mucho, por lo que al final exclamé: "¡Alamirre!". Quien quiera entender esta expresión, que se aventure en el solmisar: ¡no me pregunten!

Javier Artigas nos deleitó con el órgano del pueblo de al lado, Castaño del Robledo. También dieron un concierto los profesores; muy hermoso, a pesar de haber ensaayado sólo un rato la noche antes. El 6 tuvimos el esperado concierto de alumnos, que duró dos horas y media: ¡qué público más paciente! Los cachoneros tienen el privilegio de contar una vez al año con esta música de calidad, con profesores y alumnos que hablan de sus instrumentos y divulgan este mundo. 
El entusiasmo fue grande y al final me felicitó gente del pueblo: "¡te vamos a hacer cachonera!". Una señora, Inma, me vio actuar el año pasado y fue éste a verme ex profeso desde Aracena: "voy a pasar por diálisis, tienen que trasplantarme un riñón. He grabado tu voz para ponerte en los momentos duros; te llevaré siempre conmigo. No sabes lo importante que es para mí haberte conocido". ¡Qué emoción!
También estaba Carmen, presidenta de la Federación Andaluza de Enfermedades Raras. Trabaja en el CERMI y es amiga de Isabel Biruet, consejera territorial de la ONCE en Andalucía.


Tanto Bárbara Sela, la profesora de flauta de pico, como Cristina Bayón me dieron la enhorabuena. Ambas me ven más relajada y han notado el progreso en un año. Dice Cristina que expreso mejor y proyecto más la voz, y Bárbara apunta que se me ve disfrutar; o sea, no doy la imagen de alguien que se pone nervioso, intimidado por el público. Es que eso ya no me sucede desde hace más de un año, cuando aprendí que no tengo que demostrar nada a nadie, sino transmitir; gozar de lo que hago; meterme en la música.


El tiempo ha volado y me apena tener que esperar tanto para el próximo, aunque he encontrado la forma de consolarme: frecuentar otros cursos de música antigua, aunque sea en el extranjero. En septiembre hay uno en Jimena de la Frontera; en octubre otro en Inglaterra precisamente de la Selva Morale e Spirituale. Por cierto: Grazie, divo Claudio!  Es magnífico este autor, y tiene unas obras tan pegadizas y tan actuales... ¡Debería conocerlo todo el mundo! Desde que hice las Vísperas en Ludlow he cantado muchas composiciones suyas, ¡y si supierais lo que me ha alegrado...!

Con mis buenos amigos Richard y Jorge.

Termino dando las gracias a todos una vez más; y, por supuesto, a cada profesor:: Javier Artigas, Xabi Puertas, Sara de viola da Gamba, Silvia de violín, Bárbara y Cristina, los míos, Manuel con su corneta y sus glosas; Ana Moreno de clave... ¿Olvido a alguien? También agradezco a todos mis acompañantes. Rafa, el del laúd, es el marido de Sara y sus dos niños, de seis y ocho años, se inician en la música antigua. El mayor estudia viola da gamba con la madre y el pequeño clave con Ana. ¡Resulta tan hermoso verlos...! Un ejemplo más de que, con la formación, la educación y los estímulos adecuados, se puede lograr cualquier cosa.

Espero que todos nos volvamos a encontrar en otra magnífica experiencia musical. ¡Os adoro!


miércoles, 28 de junio de 2017

Miguelín: el pequeño mecenas de la ciencia.



Ver noticia en El Mundo.
En esta sociedad materialista y cada vez más deshumanizada, en la que los niños, víctimas de un sistema educativo deficiente y absurdo, se ven contagiados de la incultura y la frivolidad de sus mayores, historias como la de Miguelín nos hacen verter lágrimas y reconciliarnos una vez más con nuestra castigada especie.
Este chico hizo su primera comunión en mayo. Preguntado por los regalos que desearía, respondió que no precisaba nada; el padre le propuso donar el importe a la ciencia y Miguel aceptó encantado, destinando sus 5.900 euros a la investigación del cáncer infantil a través de Francisco Mojica y Apadrina la ciencia. La mejor tesis doctoral sobre cáncer infantil realizada por un joven investigador será merecedora del premio Miguelín, así como el Laboratorio marco de dicho trabajo.

No puedo dejar de pensar en la cantidad de niños que, aun recibiendo insultantes montañas de regalos, se muestran perpetuamente infelices y desagradecidos, dedicando a cada obsequio cinco segundos y exigiendo más, más, más... No valoran en absoluto lo que tienen; no dan precio al esfuerzo. Impelidos ya en estas tempranas edades por el consumismo desenfrenado que ven en televisión, en los mayores y en sus propios coetáneos, han entrado en esa espiral diabólica del poseer; no importa qué, no importa cómo. En cualquier caso, más que su vecino; más que su amigo; lo último, lo que se lleva, lo nuevo... Mientras se vuelven insulsos, competitivos, perversos y violentos. Ya no leen; no curiosean; no exploran; no investigan. Quieren, quieren, quieren..., y en realidad no saben lo que desean, precisamente por eso: porque necesitan, habrían necesitado a alguien que les hubiese marcado unas pautas; que les hubiera dado un contexto moral, una escala de valores. Desposeídos de ella la exigen sin saberlo a base de gritos, patadas, rabietas y eterna desdicha. Se puede uno imaginar fácilmente qué será de esta generación perdida en el futuro.

Con Miguelín observamos cuán sencillo resulta esto si contamos con una buena educación desde el principio; si los padres dedican a sus hijos tiempo, amor, paciencia, bondad y sensatez. Sin mimarlos o consentirlos, sin superprotegerlos, los quieren; por tanto, les prohíben. ¡Ay del que permite todo a sus críos por no verlos sufrir! Los convertirá en unos desgraciados que, cuando descubran que no todo vale, percibirán que es demasiado tarde y ya no habrá medio de controlar unas ciegas oleadas de despecho que los irán abrumando siempre y que pagarán con los demás, con el universo en su conjunto, adoptando como filosofía el nihilismo destructor.

Desde aquí, pues, doy las gracias y un fuerte abrazo a Miguelín y a sus padres e insto a otros niños, a otros adultos a hacer lo mismo. ¡Todos podemos donar a la investigación! ¡La ciencia es progreso, futuro, necesario avance! ¡Todos podemos regalar a nuestros hijos una educación exquisita! ¡No los ahoguemos en un mundo de caprichos fútiles y vacuos! Aunque parezca que no, ¡resulta bastante fácil! Sentido común: ¡sólo eso! Por favor: ¡hagámoslo! La especie nos lo agradecerá.

martes, 27 de junio de 2017

Incendios deliberados: ¡Una lacra imperdonable!


El sábado nos dio un vuelco el corazón con la noticia del incendio declarado en las inmediaciones del parque natural de Doñana (Huelva). La semana anterior vivimos una catástrofe en Portugal, y no mencionamos otros fuegos que van apareciendo, avivados por las altas temperaturas.
Ya es dramático, tristísimo el hecho de contemplar impasibles cómo arden nuestros bosques; cómo reducimos nuestra casa a cenizas. Pero cuando constatamos que la inmensa mayoría de estos atentados los provoca la mano del hombre, con intención expresa de quemar, destruir y recalificar... ¿Somos suicidas? ¿Estamos locos? Y los gobiernos, ¿permiten reurbanizar las zonas? ¿Por qué no obligan a reforestar? ¿Hasta dónde va a llegar la especulación, hasta que no podamos respirar? ¿Tan imbécil, insensata, ignorante es la raza humana? ¿Tanta falta de consideración muestra? Ellos, pobres y cortos de miras, lo hacen pensando en el beneficio inmediato; pero..., ¿tan ciegos están? ¿Por qué no se endurece la legislación al respecto y se juzga a estos individuos como lo que son, criminales?
Me cuesta creer que existan personas capaces de dañar deliberadamente el entorno. Si no respetan el medio ambiente, no se valoran tampoco a sí mismos. Como siempre, todo pasa por una correcta educación: desde la familia, desde el colegio. La Naturaleza es nuestro marco; es un preciado regalo; es el equilibrio; es nuestro pequeño y pálido planeta Tierra donde, por múltiples circunstancias azarosas que requirieron millones de años de evolución, hoy se ha desarrollado la vida. ¿No comprendemos el valor cuasi milagroso de tan bello cúmulo de casualidades? ¿Va a ser el Homo Sapiens Sapiens quien le ponga fin?
Gobiernos como el de China, el de Estados Unidos y muchos otros se pasan por el forro lo del cambio climático y envenenan la atmósfera sin miramiento ni precauciones con gases de efecto invernadero. El aire cada vez es menos puro, y en grandes ciudades como Madrid se empieza a limitar el hacer ejercicio al raso. ¡Por favor, no minusvaloremos el alcance de esta polución! Los niños y los ancianos son las principales víctimas, pero pasamos por alto o no relacionamos muchos cánceres y otras patologías, muchas muertes con el fenómeno. Los coches eléctricos y las placas solares siguen sin imponerse, y no pensamos por ejemplo en prohibir los motores diésel, que contaminan muchísimo más que los de gasolina; o en frenar de algún modo nuestra dependencia de los combustibles fósiles y optar por energía limpia. El Sol está ahí, fastidiándonos increíblemente ahora en verano, especialmente a quienes vivimos en zonas castigadas por su implacabilidad. ¡Démosle cauce! ¡Subvencionen a quienes quieran instalar placas solares, en lugar de cargarlos de impuestos!

Nuestra esperanza es la fusión nuclear, cuando la logremos; pero, entre tanto, hay muchísimo que se puede hacer. ¡No esperemos a que sea demasiado tarde! ¡No frivolicemos! ¿Qué herencia vamos a dejar a los nietos?
Os incluyo una petición de Change para que se reforeste la zona afectada por el incendio de Huelva:
Change.org: ¡reforesten Doñana!
Nuestro futuro depende de lo que hagamos hoy.

domingo, 25 de junio de 2017

Mis maestros.



«La curiosidad y el afán de resolver dilemas constituyen el sello distintivo de nuestra especie».
Carl Sagan.
“Remember to look up at the stars and not down at your feet. Try to make sense of what you see and wonder about what makes the universe exist. Be curious. And however difficult life may seem, there is always something you can do and succeed at. It matters that you don't just give up.”
Stephen Hawking.
"Si cada año estuviéramos ciegos por un día, gozaríamos en los restantes trescientos sesenta y cuatro".
Isaac Asimov.
"Hay defectos, alteraciones, enfermedades y trastornos que pueden desempeñar un papel paradójico, revelando capacidades, desarrollos, evoluciones, formas de vida latentes que podrían no ser vistos nunca, o ni siquiera imaginados, en ausencia de aquéllos".
Oliver Sacks.
Ayer comencé y terminé, en una tarde, "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", de Oliver Sacks; y hoy, en una mañana, he devorado "Con una sola pierna". Parece dominarme una hiperlexia compulsiva, porque hace hora y media inicié "Un antropólogo en Marte", siendo ésta la séptima obra del genial neurólogo que tengo en mis manos. La primera, obviamente, fue "Musicofilia". ¡Por fin alguien que aplica la música al tratamiento clínico, con excelentes resultados! Estaba tan fascinada aquellos días de enero que, apenas hube concluido la última palabra, me fui a la página de Sacks para escribirle, darle las gracias y hablarle de mi propia experiencia con la música y con los deseos depresivos de autoaniquilación. Pero... ¡No! ¡Había muerto el 30 de agosto de 2015! Si me lo hubieran presentado antes..., si le hubiese escrito antes..., ¡tal vez me habría dado norte! Yo me hubiera desplazado a Nueva York en busca de ayuda; de los placeres perdidos; de mi identidad ahogada: ¡a Nueva York y adonde fuese para recobrar la vida que se hundía en una absurda ciénaga de anhedonia!
¡Sacks! ¡Querido Oliver! ¿Qué le pasaba a mi cerebro? Ya lo sé, una vulgar aunque terrible depresión; ni siquiera soy original en esto, pero..., ¿por qué se anhela la autodestrucción? ¿No es el principal cometido de nuestra máquina rectora la supervivencia, aunque para ello tenga que engañarnos? Un día soñé que lograbas apagar ese ansia; ese odio hacia mí misma,; ese TAEDIUM VITAE, en aquel largo periodo de autodesprecio. ¿Lo hubieras hecho? ¿Me habrías curado? ¿Me habrías conducido, mediante tu amor y tu profesionalidad, hacia la vida y sus dichas felizmente recobradas? ¡Oh, gran genio; médico humanísimo! ¿Habrías confortado a esa pobre criatura enferma, abúlica y plena de desesperanza, a ese espectro que era yo?

Dime otra cosa: ¿por qué no me llegaba la música? ¡Yo, que no puedo vivir sin ella...! ¿Por el trastorno en la neurotransmisión serotoninérgica, la avería del sistema límbico? Háblame de ese estado pétreo; de ese coma emocional; de esa insensibilidad; yo, que suelo conmoverme ante cualquier pequeño atisbo de belleza. Doctor Sacks, ya no podrás responderme nunca. Si en ese periodo convulso te hubiera visitado, hubiese hablado contigo, me hubieras tendido tu comprensiva mano..., ¿habría cambiado algo? Leyendo tu obra admiro esa calidez, esa empatía, ese cariño hacia todos tus pacientes y sus casos; ese hondo, urgente deseo de ayudar. ¡Me habrías auxiliado, lo sé! ¡Habrías dejado un hueco en tu agenda para esta pobre perdida, tragada por el abismo, engullida sin remedio en el agujero negro de la desesperación más absoluta! ¿Sin remedio? Eso creía yo entonces.

El 1 de abril de 2016 se produjo mi renacimiento, y las sensaciones que experimenté los primeros días me recuerdan mucho a lo que expone Sacks tras recobrar la conciencia de su pierna alienada. De pronto todo era hermoso, increíblemente hermoso; como nunca lo había visto. Mi yo interior me reprendía: "¿cómo has estado ciega a esta maravilla?". El canto de los pájaros, la naturaleza primaveral, los fragantes olores; la renovada capacidad de disfrute, por fin, de la música y de cualquier otra cosa... Y ellos, los demás; mis amigos y familiares dispuestos a quererme, a abrazarme, a compartir magníficos momentos conmigo sin llamarme tonta, pesada, neurótica o ignorante.
Pronto apareció Stephen Hawking tirándome de los axones con perentoria urgencia: "¿a qué esperas? ¡Aprende! ¡Pregunta! ¡Descubre! ¡Contempla las maravillas del universo! ¡Asómbrate a cada instante con lo que te rodea! Mira a tu alrededor, ¡pobre anécdota cósmica! ¡No desperdicies tantos millones de años de evolución en un lamento perpetuo! ¡No arrojes por la borda tu tiempo particular, ese gran tesoro! ¡Ponte en movimiento sin perder un segundo más!".
Asimov me pidió luego que leyese; que me dejase guiar por maestros pasados y presentes; que me olvidara de las maquinitas y de lo superfluo para pertenecer, por qué no, a una élite; a un grupo diferente por minoritario, pero no estigmatizado por su anormalidad estadística. ¡Podía hacerlo sin ser tildada de excéntrica o rara! "Sí, puedes y debes -me respondió con una ligera sonrisa-. Además, ¿qué pasa si te califican de extraña? ¿Tanto te importa? ¿Qué es la normalidad, lo aceptable? ¿Podrías definírmelo?". "No, lo desconozco; sería lo estadísticamente más abundante..., pero entonces tendría que dejar a Bach, por ejemplo". "¿Quién establece, según tú, los patrones que han de ser aceptados? ¿De quién esperas el reconocimiento? Por favor: ¡sé tú misma!". "¡Basta, me has convencido! ".
Al poco llegó Carl Sagan con su canto poético a la vida; su lírica visión del Cosmos y las civilizaciones. ¡Cuánto me conmovió! ¡Cómo me enriqueció!

Ellos son ahora mis maestros, los que me han puesto en el camino de mi apertura al mundo; de mi mirada curiosa; de la sorpresa diaria ante cualquier pequeño prodigio que se encierra en lo cotidiano. ¡Gracias, gracias, de verdad! Prometo no pasar por alto esos regalos; esos instantes dichosos. Prometo no abandonar el deseo de descubrir. Seguiré preguntando; indagando; interesándome; esforzándome; construyéndome. Y si me acusan de simple y se niegan a explicarme, buscaré a los guías adecuados. No es tonto el que quiere saber. ¿Por qué hay tantos que rehúsan enseñar?

martes, 13 de junio de 2017

En sus manos.

"Pero yo creo que la mente libre e investigadora del individuo es la cosa más valiosa del mundo. Y por eso lucharé a favor de la libertad de pensamiento, para que pueda seguir la dirección que desee, sin imposiciones ni ataduras. Y lucharé contra cualquier idea, religión o gobierno que limite o destruya al individuo".
John Steinbeck: AL ESTE DEL EDÉN.
“El aspecto más triste de la vida actual es que la ciencia gana en conocimiento más rápidamente que la sociedad en sabiduría”.
Isaac Asimov.
I
Alan se despertó sobresaltado: ¿había oído golpes en la puerta, o era sólo fruto de su imaginación? Pero no: violentos e insistentes porrazos lo sacaron de toda duda, arrojándolo por completo de las pacíficas regiones del sueño.
-¡Abra! Somos funcionarios del Estado. Se trata de un asunto de gran importancia.
-Pero..., ¿a estas horas? Deben de haberse equivocado.
-¡De ningún modo! Usted es el profesor Ringe, neurocientífico, programador informático, investigador...
-¿Qué quieren de mí?
-Tenga la bondad de abrirnos la puerta y se lo explicaremos tranquilamente.
Alan obedeció, aún aturdido, y hubo de frotarse los ojos creyendo haber vuelto a la profundidad de los laberintos oníricos: tres hombres armados con pistolas paralizantes lo rodearon.
-Será mejor que colabore; no queremos hacerle daño.
-¡Oh! ¡Socorro, me atacan!
La fuerte descarga lo dejó aturdido e incapaz de cualquier otra reacción. Sus captores lo ataron, lo amordazaron y le vendaron los ojos.
Alan no salía de su asombro. Fue introducido en un automóvil, que recorrió un trecho de quince minutos..., ¿o estaba dando vueltas por el mismo sitio? Finalmente se detuvo en algún lugar tranquilo. Le retiraron la venda y lo hicieron caminar, escoltado y con las manos atadas a la espalda, hasta una casa cercana; no muy grande, no muy nueva, con un pequeño jardín. Lo condujeron al salón y lo obligaron a sentarse en el sofá, sin aminorar un ápice la vigilancia.
-Somos del Servicio de Inteligencia.
-¿Cómo? ¡Me retienen contra mi voluntad! ¡Me han secuestrado! Los denunciaré y...
-No puede hacer nada. Repito que no queremos causarle daño y, si colabora, todo irá bien.
-Pero, ¿cómo se permiten estas prácticas? ¡vivimos en un Estado de derecho!
-Olvídelo. La Policía Secreta tiene sus propias leyes. Ahora haga el favor de hablarnos de las investigaciones que está llevando a cabo.
-¿Para qué?
-¡Maldita sea: no nos haga perder más tiempo! ¿o acaso está pidiendo otra ráfaga de descargas?
-¡No, por favor: se lo ruego!
-Bien: en su último artículo, publicado por revistas científicas de prestigio internacional, expone la posibilidad de controlar la mente de cualquier persona.
-¡No, no es eso! Se trataría de estimular, según convenga, diferentes regiones del cerebro, implantando un microordenador que sería accionado por control remoto. Podría accederse al cerebro de estos pacientes desde cualquier lugar, a través de un sistema de claves que nos haría conectar con su computador interno. Aplicaríamos descargas en diversas áreas dañadas para mantenerlas permanentemente en su normal funcionamiento, o por el contrario reduciríamos la excesiva actividad que caracteriza a muchas dolencias; todo ello a través de flujos o interrupción de corriente dirigidos a distancia con precisión nanométrica. Así liberaríamos quizás a muchos paralíticos por enfermedades neuronales, o reduciríamos el dolor crónico, o contribuiríamos a la sensible mejora de trastornos mentales como la depresión, las manías, la hiperactividad o la esquizofrenia. Diversos especialistas de todo el mundo, debidamente autorizados, podrían tratar a estos enfermos sin las incomodidades inherentes a los continuos desplazamientos y al elevado coste.
-¿Se da cuenta de lo que eso significa?
-¡Claro: toda una revolución! Nos quedan muchos frentes de estudio, pero los resultados de que disponemos hasta ahora son sumamente alentadores.
-No me refiero a eso, sino al control mental.
-¿Cómo?
-Ustedes pueden manejar cerebros a distancia.
-Bueno, en cierto modo... Se trata de activar diversas regiones: la corteza motora primaria en paralíticos por trastornos neuronales; el nucleus accumbens para determinadas dolencias psíquicas; el área de Broca o la de Wernicke ante afasias y otros trastornos del lenguaje... Un equipo de especialistas ha de estar vigilante, sobre todo en las primeras sesiones; pero se puede trabajar a distancia, observando al paciente por videoconferencia y monitorizando su cerebro. Cuando tuviéramos los datos de cómo han de ser estimuladas dichas regiones cerebrales en cada caso concreto y hubiésemos enseñado a nuestra máquina a interactuar con el resto del organismo, el tratamiento sería automatizado por el programa y podría aplicarse convenientemente sin gastos adicionales o incómodos y tediosos procedimientos. El microchip inteligente y programable llegaría a actuar como si fuera la parte inoperativa o lesionada, reemplazándola de forma totalmente compatible y sin ulteriores secuelas. En muchos casos es indispensable el tratamiento con psicofármacos u otras drogas, y las alteraciones bioquímicas del cerebro serían igualmente detectadas y procesadas. El sistema de programación es muy laborioso para ser explicado aquí.
-Pero..., ¿no se da cuenta? Está diciendo que es posible controlar cualquier mente, manejarla a voluntad.
-No: yo no...
-¡Cállese! Esa técnica sería un arma poderosísima para políticos, multinacionales..., ¡todo ente u organismo que aspire al poder mediante el control absoluto! Un medio perfecto de manipulación.
-En ningún momento pretendimos...
-¡Sí, claro! Ustedes trabajan por el bien de la Humanidad y sólo buscan el progreso, ¿cierto? Quieren reducir el porcentaje de enfermedades, publicar artículos y cosechar premios, para erigirse en héroes salvadores.
-Disculpen: me dedico desde hace años a la investigación. Si algunos de nuestros trabajos resultan útiles y contribuyen a erradicar dolencias hasta ahora incurables, así como a ampliar el conocimiento de nuestro cerebro, puedo considerarme satisfecho.
-¡Claro, santo varón! Desde ahora, sin embargo, usted va a trabajar para nosotros, y pondrá su ciencia a nuestro servicio.
-¿Qué? ¿Quiénes son ustedes? -inquirió horrorizado, mirando por turno a los tres carceleros como si sólo entonces se le revelasen por primera vez.
-El Gobierno. Con sus métodos podríamos disfrutar muy pronto del poder absoluto. Controlaríamos a toda la población, a todo el mundo de una forma tan sutil, que nadie podría advertirlo. Induciríamos pensamientos y estados mentales; provocaríamos a voluntad sensaciones de odio, veneración, amor, repulsa o éxtasis; conseguiríamos que las masas nos adoraran hasta límites inimaginables sin haber disminuido en ellas la ilusión de libertad. Por eso lo necesitamos urgentemente, señor Ringe. No hace falta que le indique, eminente profesor, que se trata de una misión de altísimo secreto y que cualquier mínima delación por su parte produciría como consecuencia su aniquilamiento inmediato; bien en forma de muerte física, desaparición o neutralización de su cerebro. Desde este preciso instante, pues, usted es uno de nuestros intelectuales; se encuentra al servicio del Estado. En apariencia, sin embargo, continúa con su vida normal.
-¡No! ¡Jamás! No me pida que traicione a mis colegas y a la ciencia. Aún vivimos en un Estado de derecho: ¡podría denunciarlos!
-Hágalo. Con un poco de suerte, y siendo en extremo generosos, acabaría encerrado de por vida en una clínica psiquiátrica. Lo más útil y cómodo para nuestra seguridad y para reducir gastos sería, como bien sabe, que lo despachásemos en el actof y sin dejar huella, lo que, dicho sea con franqueza, no íbamos a lamentar mucho.
A Alan se le aceleró el pulso y empezó a sudar copiosamente. Nunca antes había experimentado semejante pánico; tamaña conciencia de fragilidad, pequeñez y desamparo. Intentó hablar, pero no lo consiguió hasta pasados unos instantes debido a la sequedad de boca y al nudo que se le había formado en el estómago.. Efectuando considerables esfuerzos por dominar el temblor de manos y piernas y la inseguridad de su voz, trató en un último y desesperado intento de hacer entrar en razón a aquellos interlocutores sin escrúpulos:
-Por favor, ¡olvidemos esta charla! Me niego a utilizar mis conocimientos para fines perversos. Nuestro trabajo es indispensable y, si proseguimos con la línea de investigación que iniciamos hace ahora cinco años, podríamos revolucionar la neurociencia. La calidad de vida de los seres humanos aumentaría y muchísimas enfermedades...
-¡Déjese de monsergas: no nos importan! Es tarde para echarse atrás, porque, llegados a este punto, usted sabe demasiado. Ahora lo llevaremos a casa y dentro de unos días volveremos a buscarlo; siempre de noche, siempre en secreto. Oponer resistencia es absurdo: ya está en nuestras manos, de modo que le aconsejamos que no se esfuerce por revertir la situación.

Amanecía cuando lo dejaron frente a su portal. Alan, completamente desmoralizado y aún temblando de miedo, se dejó caer en un sofá y dio rienda suelta al llanto, desgarradora corriente de lágrimas que lo dejó completamente rendido.
-¡Nunca avanzaremos, nunca -gemía-! Somos crueles, indignos, ¡abyectos! Tantos millones de años de evolución para autodestruirnos... ¡Idiotas, imbéciles, malvados, cobardes! ¡Estamos locos! Corrupción, poder..., ¡eso es lo que cuenta! Sólo eso, sólo eso... ¡Me cuesta creerlo! La puñetera ambición lo devora todo. ¡No puede ser, no puede ser...!
Se lamentó así durante toda la mañana, balbuciendo entre sollozos y mesándose el cabello. Alrededor de las doce comió cualquier cosa sin entusiasmo, mecánicamente, para volver enseguida a derrumbarse en el sofá.
Una semana después, cuando los agentes secretos forzaron la puerta, encontraron el cuerpo en la cama, inerte. En su escritorio, junto a varios libros, el ordenador, una botella de whisky casi vacía y dos envases de somníferos, reposaba la siguiente nota:
"Me obligan a hacerlo. Siempre trabajé para ayudar a otros, y ahora pretenden que me ponga a su servicio con el propósito de destruir. ¡Jamás! Espero que no logren sus fines. Espero, por el bien de la Humanidad, que el progreso venza a la barbarie".

II.
-¡Alan! ¡Por fin abres los ojos! ¿Puedes oírme? ¡Oh! ¡Responde! ¡Haz algún gesto! No has muerto de milagro, ¡maldita sea! ¿Por qué no nos avisaste? ¿Por qué no dijiste nada? Si llegamos a tardar un poco más... Pero... ¡Lo siento! No es éste el momento para recriminaciones. Tampoco quiero asustarte. El peligro físico ha pasado; toca ahora luchar con las secuelas del estrés postraumático.
Alan miró sin ver a su interlocutor. ¿Qué era todo aquello? ¿Dónde diablos estaba? ¿Y por qué tenía tanto miedo? Miedo a algo terrible..., ¿qué podía ser?
-Soy Marcel, tu colega. Estás a salvo. Hemos temido realmente por tu vida, y habrías muerto si no hubiésemos estado alerta. ¡No me lo habría perdonado!
Alan intentó hablar, pero le fue imposible. Había empezado a desenmarañar los embrollados hilos de su memoria, y de golpe vio a aquellos tres hombres dispuestos a aniquilarlo; volvió a experimentar el miedo pánico; nuevamente lo invadieron el desánimo y la desesperanza más terribles y por último se imaginó tragando con desapego la mezcla de pastillas y alcohol. ¿Lo habían salvado? Marcel lo miraba compasivo.
-Tranquilo -exclamó tomándole la mano-. Esperemos que todo quede en una anécdota. Ahora descansa.


-¿Cómo lo hicisteis?
Alan ya se encontraba completamente restablecido, a excepción del insomnio y los terrores nocturnos que se empeñaban en acosarlo sin tregua. Marcel y Berta lo habían acogido amable y hospitalariamente en su casa y, con infinitas dosis de cariño y paciencia, lo extrajeron del profundo estado de conmoción en que se hallaba. Lógicamente no podía seguir viviendo oculto y con miedo; urgía, pues, que abandonase el país lo antes posible. De alguna forma se alegraba, porque la investigación iba empeorando a pasos agigantados y los brutos e irracionales gobernantes se dirigían sin escrúpulos hacia posturas totalitarias, pisoteando los derechos más elementales. Sus colegas irían emigrando también en busca de ambientes donde el avance, el progreso no fueran aniquilados ni los científicos perseguidos. Con un poco de suerte serían contratados, lograrían financiación y continuarían desarrollando aquel innovador proyecto en otra parte.
-No fue nada fácil -respondió Marcel-. Estuvimos a punto de ser descubiertos, y entonces sí que habríamos perecido todos. ¿Cuánto tiempo tendría que transcurrir hasta que otros llegasenn a nuestras mismas conclusiones? Pero, Alan: ¡estás llorando!
-Es que..., ¡os habéis arriesgado tanto por mí...! Y yo, sin embargo... ¡Lo siento! ¡Perdí la cabeza! No quería... ¡No tenía escapatoria! De verdad que lo lamento. ¡Perdonadme!
-¡Déjalo! Ya ha pasado. ¡Mas no vuelvas a hacerlo! Estamos aquí para ayudarnos: ¡tenías que haber avisado! El miedo, claro: ¡pobre hombre, qué mal lo pasarías! ¡Basta, por favor! ¡No te alteres! Relájate. Se requiere tiempo para superarlo, ¡pero lo conseguirás! Has demostrado ser muy fuerte y racional.
-¡Me habéis salvado la vida...! No sé cómo daros las gracias.
-Nos hemos salvado todos: somos un equipo. Ahora tienes que perdonar nuestra osadía. ¡Una suerte que fueras el primero!
-¿De qué hablas?
-Has sido el primer implantado. Te sometiste voluntariamente al experimento, ¿recuerdas? Hace seis meses; para ver cómo interactuarían nuestros computadores inteligentes con el cerebro.
-Claro, junto a otros doscientos voluntarios; y los resultados fueron muy reveladores, abriéndonos nuevos caminos de investigación.
-Sí, pero te ocultamos algo: te implantamos el chip. Has sido nuestro primer sujeto de estudio con el microordenador incorporado. No sufras: en cuanto te hayas instalado felizmente en otro país y estés por completo fuera de peligro, lo desactivaremos.
-¿Por qué lo hicisteis? ¿Por qué no me lo dijisteis? -preguntó mirándolo con cierta aprensión.
-Porque, de haberlo sabido, los resultados no hubieran sido fieles. Necesitábamos para este tanteo experimental a alguien completamente ajeno.
-Entonces, ¿ése fue el motivo de que me anestesiarais al final? Nunca entendí vuestra obstinación: lo veía tan raro... ¿Qué necesitabais que no fuese suficiente con un electro, una MEG, una resonancia magnética o una tomografía por emisión de positrones? Sabía que me engañabais. Claro: la confidencialidad del experimento; las prometidas aclaraciones posteriores... No logré sacaros nada.
-En efecto; creo que no te convencimos del todo, mas sólo era posible revelarlo después del estudio; de ahí la obligación de mantenerte inconsciente. Fue un burdo engaño poco ético; un atropello.
-¡Me habéis traicionado -exclamó con honda desilusión-! Creí que éramos amigos. Y ahora, ¿cómo recuperaré la confianza en vosotros?
-¡discúlpanos! Era necesario. ¡No íbamos a hacerlo con alguien de fuera! Tú al menos perteneces al equipo y habías manifestado en bastantes ocasiones deseos de probar. Sabíamos que te gustaría cuando te lo explicásemos; sin embargo precisábamos tu inocencia, como te he dicho, para no echarlo todo a perder. La operación era sencilla y en absoluto riesgosa, y los beneficios... Tal vez estés contribuyendo a la curación de muchas enfermedades, ¿qué dices al respecto? ¡Nos has aportado datos interesantísimos! En estos seis meses hemos avanzado más que en veinte años, aunque todavía nadie lo sepa. Pero, por lo que más quieras: ¡no pongas esa cara! ¡Alégrate! ¡El maldito chip te ha salvado! He aquí los Primeros logros de nuestro proyecto.
-¿Cómo?
-Desde que te lo implantamos hemos observado tu cerebro; hemos trabajado a distancia y hemos probado a activar y controlar diversas regiones con resultados excelentes, menos aquel día. Esto nos lleva a pensar que la amígdala y el hipotálamo, en circunstancias de miedo extremo, ejercen un bloqueo tan grande que aún no hemos logrado superar la barrera con los flujos de corriente actuales. Además intuimos que el ordenador no estaba preparado para mitigar una reacción tan fuerte; no hemos conseguido emularla en su programación con tanta intensidad y con ese realismo. Es un error muy grave que ya estamos subsanando.
-¿Y cómo supisteis...?
-¡Tranquilo! En este tiempo hemos vigilado a ratos tu cerebro, como te digo; hemos tratado de interactuar con él y el programa ha ido analizando, archivando, corrigiendo. Aquella noche estaba yo de guardia cuando se encendieron todas las alarmas. Naturalmente habíamos previsto desde el principio que se activasen las señales de alerta ante una situación de peligro, y eso fue lo que ocurrió. Confieso que me asusté tremendamente al ver la intensísima actividad en la amígdala y el hipotálamo. Incluso llegué a pensar que se tratase de un error informático, pero por supuesto decidí actuar con rapidez.
Pedí inmediatamente al ordenador que enviase la localización de tu cerebro y nos dirigimos allí sin perder un segundo; Berta, Ingo y yo. Era una casa con jardín, en las afueras de la ciudad. Tuvimos el tiempo justo para escondernos, porque enseguida salieron tres hombres que te conducían con las manos atadas y los ojos vendados.
-La semana que viene volvemos a buscarte; siempre de noche. Ya te hemos dicho que oponer resistencia es inútil -decía uno de ellos.
Esto nos relajó un poco, nos daba un margen de tiempo. Te metieron en un coche, y Pudimos seguirlo sin ser advertidos; te dejaron en casa. Mi primer impulso fue entrar a verte, mas pensé que tal vez te asustaría, que necesitarías dormir y que, como a fin de cuentas teníamos una semana, bien podría visitarte al día siguiente: ¡qué error! Si hubieras muerto..., yo... ¡No lo habría soportado! ¡Me habría asfixiado la culpa!
-¡Oh, Marcel! ¡Ahora eres tú el que llora! Ya ha pasado, y en cualquier caso no hubieses sido responsable de nada; es muy fácil hablar a posteriori.
-Querido..., todos los días me hago la misma pregunta. Si no hubiese llegado a tiempo...
-¡Esa hipótesis es absurda y lo sabes; un derroche inútil de esfuerzo! ¡Déjalo ya, te ruego! ¡No te tortures! Yo también me culpo: lamento no haber avisado; haber sido tan cobarde, causándoos tanto trastorno. Mas no podemos revertir la historia y afortunadamente seguimos aquí. ¿Qué ocurrió después?
-Bien: por la mañana me vi obligado a resolver algunos asuntos, y sólo a la caída de la tarde tuve un rato libre. Antes de pasar a visitarte eché un vistazo al historial de tu cerebro en aquel lapso de tiempo: el miedo había sido reemplazado por una terrible angustia, y después nada: ¡un vacío de emociones! ¡Lentitud, inactividad, inconsciencia...! En serio, ¡no sé qué me asustó más! No pedí al programa que actuase: ¡otro error! Pero ya era demasiado tarde y yo sabía que tenía que ir a tu casa sin perder un instante. Menos mal que no cerraste la puerta con llave, pude abrirla fácilmente. Cuando te encontré... ¡Casi me desmayo!
Te tratamos en secreto pues, si te hubiésemos llevado al hospital, se lo habríamos puesto en bandeja.
El plan se me ocurrió en un arrebato, porque era preciso que se olvidaran de ti y dejasen de acosarte. Arriesgamos estúpidamente, lo sé, y la broma nos hubiera costado carísima. Podía haber fallado todo, mas al parecer esos imbéciles creen que los demás somos idiotas y no investigan mucho. La tarde del día en que supuestamente iban a buscarte preparamos un cadáver de la sala de disecciones. No se parecía a ti, francamente, pero lo maquillamos un poco. Tuvimos que recomponerlo, porque presentaba algunas lesiones que hubo que disimular. Si hubiesen mirado de cerca habrían advertido que algo no cuadraba, y fue toda una suerte que dejaran el cuerpo donde lo hallaron, sin interesarse al respecto. Querían tus servicios. Una vez que ya no pudiste serles útil, te abandonaron.
-¿Entonces colocasteis otro cuerpo en mi lugar?
-Exacto. Dejamos tu nota, el alcohol y las pastillas, y tú estabas ya desde hacía tiempo a buen recaudo. ¡Ay, si hubiese llegado unos minutos más tarde...! Has vuelto a nacer, amigo mío.
A Alan se le atragantaron las palabras de agradecimiento. Con los ojos anegados en lágrimas se levantó y abrazó a Marcel, con quien había contraído una deuda de por vida. Le regalaba así los años que le quedaran de existencia. ¿Serían buenos o malos? ¿Tendría suerte? ¿Lograría el propósito de sus investigaciones? ¿Se vería obligado a atravesar muchos momentos sombríos? ¿Se casaría, formaría una familia? Nada de eso importaba en aquel momento.
"La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda".
Voltaire.
"El que la ciencia pueda sobrevivir largamente depende de la psicología; es decir, depende de lo que los seres humanos deseen".
Bertrand Russell.

domingo, 4 de junio de 2017

"This is for Allah!". Continuación de la barbarie en Inglaterra.


Lo consiguen: el pánico se ha instalado en la sociedad y ellos juegan con esa psicosis. Ellos, cuyo único fin es destruir nuestra civilización; nuestro modo de vida; nuestra forma de pensar. Lo entregan todo por un dios que aprueba la barbarie, fomenta el odio y propicia el fanatismo. Da igual a quién y contra quién: niños, ancianos, turistas, cantantes...; personas con su tiempo y sus destinos; ilusiones y proyectos truncados en esta ruleta rusa. Todo porque un dios, en sus manos cruel, mortífero y vengativo creado a imagen y semejanza de un grupo de cabreros medievales expansionistas y avivado con la mecha del radicalismo más intolerante, parece regocijarse ante la sangre, visto que los ataques se perpetran siempre en su nombre.
La vida de tantos, sesgada; ellos ya no podrán hablar. Por el camino, un ejército de viudos; huérfanos; discapacitados; afligidos que expresan en silencioso y desgarrador grito, traducida a varios idiomas, la misma pregunta: "¿por qué?".
Nada justifica tal horror; no existe ninguna razón, ninguna ideología, ningún credo que avalen el asesinato y el vacío de parientes y amigos destinados a vivir con esa rémora para siempre.
Una vez más lloramos con las víctimas. Las abrazamos sin estar, guardamos minutos de silencio que no arreglarán nada y, aun conscientes de la inutilidad de nuestro esfuerzo, escribimos furibundas y vehementes líneas de repulsa. Mientras tanto, el Daesh sigue apretando las tuercas de esa máquina del horror.
Me cuesta pensar que son seres humanos: personas también con sus proyectos, ilusiones, familias. Algún día fueron niños y jugaron, rieron, se alegraron. Alguna vez abrazaron y amaron, y se vieron abrazados y amados..., ¿o no? ¿Sienten ahora afecto por algo o por alguien? ¿Son sólo instrumentos de matar?
Suplicante, bañada en lágrimas y plena de conmoción vuelvo a pedirles que lo dejen, que se detengan. Mi mudo ruego, proferido en silencioso y desesperado llanto, dice: "¡basta, basta, basta!".

martes, 23 de mayo de 2017

La barbarie sacude Manchester: 22 muertos y 59 heridos en un atentado terrorista.


En diversos artículos de este blog me he dedicado, con ocasión de algunas terribles noticias, a condenar la violencia; la sinrazón; la barbarie. Desgraciadamente, hoy continúa la serie.
Alguien, ya identificado por la Policía y de quien, a las 12:35 [GMT+2] no sabemos nada, se acercó ayer al Manchester Arena, donde se celebraba un concierto de público adolescente y juvenil. Él lo sabía, pero no le importaba; del mismo modo que no le importa su propia existencia. Por eso hizo estallar la carga explosiva que llevaba consigo, muriendo en el acto, matando a 22 inocentes -niños en gran parte-, hiriendo a 59 y sembrando el pánico.
De nuevo nuestra especie, el Homo Sapiens Sapiens, ha cometido un grave error. ¿Cómo se explica? ¿En qué otro animal se observan tales manifestaciones gratuitas de sadismo? ¿Para qué nos dotó la evolución de esa maldad sin objeto? Con ella no obtenemos más comida, ni nos apareamos más fácilmente, ni dominamos el territorio. En cuanto a la autodestrucción... ¿Qué opinas sobre esto, querido Richard Dawkins? ¿No dices que lo primordial es el estuche de genes? ¿Seres irremisiblemente dañados, con mutaciones? ¡Que alguien me lo explique! No logro entenderlo. Psicopatía, evidentemente; disfunción en el sistema límbico; infelicidad; envidia; frustración. Pero, ¿por qué hay tantos así? Es que, aunque se trate de un ínfimo porcentaje, el daño causado es exponencial, y no se los puede frenar teniendo presente que detestan su propia vida. ¿Por qué? ¿Qué los lleva a cometer tropelías de semejante calado?

Por más que tratemos de analizarlo, por muchas preguntas que nos hagamos, ellos ya han actuado; los fallecidos no van a revivir y sus parientes y amigos no van a recuperarlos. Los afectados aún con vida luchan por superar las secuelas del estrés postraumático, y el miedo se ha adueñado del país; del continente... ¿Están contentos? ¿Lo han conseguido? ¡No, por favor! Somos más, y más razonables. Estamos unidos. Nos mueven la paz, el amor y la sensatez. ¡Abrazadme ahora, millones de criaturas!
Mientras escribo, informan de que el Daesh reivindica el atentado y me pregunto, una vez más, qué diablos quieren y cómo se puede frenar esto. Se trata de una organización a escala mundial, sin escrúpulos, cuyo objetivo es la Humanidad al completo, o, hablando con propiedad, todos los no islamistas radicales. ¿En serio piensan que su dios, imagino que para ellos bondadoso y sensato, insta de ese modo al mal? ¡Oh, cuánto daño causan las religiones! Son el escudo bajo el cual se amparan y justifican muchas guerras, torturas, muertes; innumerables atentados y asesinatos. ¡Basta, basta ya! ¡Paren! ¡No van a conseguir nada! ¡Y lo de las huríes es falso! ¡Menudo chasco! Señores: ¡estamos en el siglo XXI, no en la Edad Media! Aunque en esa época el Islam era mucho más refinado que el Cristianismo, por ejemplo, y ellos salvaguardaban nuestra aniquilada cultura por medio de traducciones del griego.
Por favor: ¡no hagan esto! ¡Es peor para todos! ¡No gana nadie! Ustedes mueren sin paraíso prometido ni placeres infinitos; se acaba y punto. Sus inocentes víctimas... ¿Qué logran ahora, por ejemplo, aniquilando a esos chicos? ¿Qué culpa tienen? ¡Ellos sólo iban a un concierto! Les suplico, por favor...: ¡basta!


Receive all my support, dear victims and sensible people! Nobody can destroy us because tollerance, reason, peace and good will are stronger than phanatism, hate, violence and annihilation! Come with me and let me hug you hearthily. Let me take you all by the hand and walk together. DO NEVER GIVE UP! I love you, million! Do not cry! We are with you! We are with us!

lunes, 15 de mayo de 2017

Les Luthiers: Premio Princesa de Asturias después de 50 años de trayectoria.


Página oficial.

Álex Grijelmo, autor del libro que acabo de terminar, "Palabras moribundas", lleva diez años proponiendo a Les Luthiers para el Príncipe / Princesa de Asturias en diversas categorías. Por fin lo ha conseguido, otorgándoseles el premio de Comunicación y Humanidades, cuando el magnífico grupo argentino celebra su quincuagésimo aniversario. Una lástima que Neneco, o Daniel Rabinovich, no pueda presenciarlo.

Se trata de un galardón merecidísimo porque Les Luthiers son el epítome de humor inteligente, ingenioso, rápido y universal. Se requiere una solidísima formación para hacer lo que ellos hacen: en el equipo hay excelentes músicos, ingenieros, químicos..., y radiofonistas, como Marcos Mundstock. Ni él ni Rabinovich tienen formación musical (Daniel estudió Derecho) pero, en cierto modo, son el alma del conjunto al otorgarle ese toque cómico inolvidable.
Citemos aquí al gran compositor Gerardo Masana, fallecido en 1973, a los 36 años, por causa de una leucemia. Es el padre de Les Luthiers y de Mastropiero, además de autor de magníficas partituras como la Cantata Laxatón, fina parodia de las cantatas bachianas con varios guiños a sus pasiones (especialmente a la de san Mateo), o la divertida "Blancanieves y los siete pecados capitales", con la parodia del psicoanálisis, un coral para cada pecado y la fuga conclusiva sobre temas infantiles.
Otro compositor y constructor de instrumentos que colaboró con el grupo entre 1971 y 1986 fue Ernesto Acher.
Estos argentinos imitan cualquier tipo de música; desde la medieval a la contemporánea, pasando por el canto gregoriano ("Educación sexual moderna"), los madrigales renacentistas (Thomas Morley en "La bella y graciosa moza"), el Barroco (Vivaldi, Bach...), el Clasicismo ("El Ventilador" y "Voglio entrare per la finestra"), el Romanticismo ("Para Elisabeth"), el Postromanticismo ("Daniel y el Señor"), la ópera italiana del XIX ("Cardoso en Gulevandia"), el jazz, el pop-rock y muchísima música folklórica latinoamericana, especialmente de su país. Ellos han divulgado ritmos como la chacarera, el gato o la samba.

Los instrumentos informales constituyen una obra de genialidad: maravillas complejísimas que, pese a todo, suenan bien, requiriendo gran destreza interpretativa. En cuanto a sus equívocos y juegos de palabras, ¿qué decir? ¡Extraordinarios! Denotan un excelente dominio del lenguaje (en varios idiomas) y una rapidez mental digna de envidia. Cualquiera de sus números puede ser oído tantas veces como se quiera, y no por ello dejarán de aflorar la sonrisa o la carcajada. Es la marca distintiva de su fresquísimo humor.
Varios miembros, como Carlos Núñez (Carlitos) o el tenor que reemplaza a Daniel, son intérpretes excepcionales. Núñez destaca como excelente pianista; también toca otros instrumentos formales e informales y participa en la construcción de éstos últimos. No, que no se enfaden los grandes Jorge Maronna y Carlos López Puccio. Ambos son músicos profesionales, intérpretes y compositores.
Resulta harto complejo reunir tantas destrezas y mantener -o incluso aumentar- el interés a lo largo de cincuenta años. Crear un espectáculo de tanto ingenio ha de ser tremendamente difícil, además de representarlo durante años, cada día como si fuera el primero; creyéndoselo igual, por así decir.

Yo conocí a este grupo cuando tenía ocho años, me ha acompañado durante toda la vida. Celebro especialmente sus parodias de la clásica y reconozco el valor de las primeras actuaciones, con coro y orquesta. Entiendo la dificultad de exportar tantos efectivos para las giras, ésos eran más bien montajes discográficos. Muchos conocen únicamente los espectáculos y olvidan estas primeras creaciones, musicalmente geniales.

Los he visto en directo cuatro veces en Sevilla. En septiembre volverán y yo estaré allí, por más que se trate de un refrito, o "antojolía", que dirían ellos.

¡Gracias, queridos! Me gustaría expresarles personalmente mi más profundo reconocimiento y mi gratitud por los buenos ratos que me han hecho pasar; incluso han contribuido a la ostensible mejora de mis depresiones. Cierto: el bromato de armonio y la luterapia son remedios mucho más efecaces que cualquier psiquiatra o psicólogo convencionales; y es que el humor, signo inequívoco de inteligencia, tendría que ser alentado y potenciado desde la educación temprana: incide en nuestro equilibrio psíquico, supone una benefactora gimnasia mental, activa la farmacopea de nuestro cerebro aumentando los niveles de dopamina y serotonina y nos lleva a contemplar a los otros, a nosotros mismos y al devenir con todos sus avatares en perspectiva, desde fuera y relativizando. Efectivamente: las dosis de Les Luthiers son beneficiosas para la salud y pueden administrarse sin riesgo de intolerancia o efectos adversos.
¡Mucho éxito! AAbrazo a todos con el mayor afecto. ¡Gracias por no borrarnos la sonrisa! ¡Los adoro!

miércoles, 10 de mayo de 2017

Cor Vivaldi: un coro de niñas... y algún niño.

En 2011 escuché en el programa "Música coral", de Carlos Sandúa (actual director de Radio Clásica), un coro que me llamó muchísimo la atención: el Cor Vivaldi, Petits Cantors de Catalunya. Parecía ser de niños y niñas; más de niñas a juzgar por el timbre. Me apasionaron el empaste tan bueno, la clara pronunciación y las coordinadísimas y extraordinariamente bien logradas dinámicas.

OscarBoada-Rocío-AlbertGuinovart

Enseguida, y como buena hija de la era tecnológica en que vivimos, efectué una simple búsqueda y entablé contacto con Óscar Boada, el director, para felicitarlo. Resultó ser amabilísimo, encantador y me regaló su tiempo para aclararme todas mis dudas.
Un formateo del ordenador y algunas otras historias me llevaron a interrumpir el contacto hasta hace poco, cuando la casualidad quiso que me encontrase en Málaga el sábado anterior al Domingo de Ramos. Richard me anunció que una Escolanía iba a dar un concierto en el teatro Cervantes, y cuando me indicó el nombre me llené de entusiasmo: " ¡Quiero ir, quiero ir! ".

OscarBoada-Rocío-AlbertGuinovart

Me sorprendió que el conjunto ya no tuviese ningún niño. Al parecer la edad de las chicas es de entre nueve y dieciocho años, y los niños se apuntan cada vez menos. Claro que trabajar con un coro mixto es muy difícil, porque los varones sufren el cambio de voz en edad variable. Yo adoro el empaste de los coros masculinos infantiles, con ese potente y rico registro grave de los altos y la dulzura angelical de los sopranos. En las escolanías mixtas se pierde la homogeneidad tímbrica.
El programa estuvo constituido por obras de Josu Elberdin (SALVE REGINA, AVE MARIS STELLA y CANTICUM SACRUM) y Albert Ginovart (TE DEUM de 2014). A Elberdin lo conozco por ser uno de los compositores de la coral infantil de Leioa Kantika Korala.
Ginovart interpretó la parte del piano de su propia obra; muy ambiciosa, por cierto. A la salida pude saludarlo, a él y a Óscar, que se acordaba de mí y me presentó como "especialista en coros de niños". Me dio un afectuosísimo abrazo y me regaló exquisitas galletas y tres discos: uno con obras de Britten bastante difíciles y magníficamente ejecutadas, otro de piezas sacras contemporáneas y uno navideño con el pianista ciego Ignasi Terraza y su trío de jazz, etiquetado en Braille en el mismo plástico del disco, por cierto.
Propuse a Óscar un encuentro entre su coro y el de Tölz: ¡Qué bonito sería! Entre tanto, seguimos en contacto.
Os recomiendo a todos esta maravillosa agrupación con 28 años de historia. ¡Muchas gracias y mucho éxito, chicas! También a Óscar, claro.

lunes, 8 de mayo de 2017

Canto la Misa en Si Menor de Bach.


El coro de la Orquesta Ciudad de Granada va a cantar la Misa en Si Menor de Bach. En marzo propuse a Héctor Eliel, su director, agregarme como soprano, mas desgraciadamente esa cuerda ya se halla más que cubierta; es el motivo por el que no puedo entrar al coro a pesar de mis varios intentos, sólo canté en la temporada 2012-2013 el Mesías y algunos motetes de Mendelssohn.




Richard, mi gran amigo inglés, me comunicó el mes pasado que en mayo interpretaría la Misa en su coro, el de la iglesia de Milton Keines.
-¿Puedo participar? -pregunté casi sin pensarlo.
He oído esta obra muchísimas veces, pero hay pasajes fugados, llenos de contrapunto y mezcla de voces, además de divisi entre sopranos, lo que dificulta precisar exactamente las notas de mi cuerda recurriendo a los discos. Este problema suele resolverse en los ensayos: junto a las sopranos primeras, enseguida aclaro dudas. Pero... ¿Cuánto tiempo ensayaría si iba a venir expresamente a cantarla?
Hubo dos sorpresas: Richard, que es un sol, consiguió la partitura en el royal National Institute for the Blind y he podido ensayar tres veces antes del concierto.
La partitura presentaba errores de transcripción y algunas particularidades que me dificultaban mucho el ubicarme: estaba todo pegado por ahorrar espacio, no siempre se respetaba la secuencia música/letra con sus correspondientes líneas en blanco, a veces copiaban un poco de lo que hacían las voces antes de la entrada de sopranos... y, por supuesto, las enormes ristras de notas rápidas,, como las semicorcheas en los fugados, son prácticamente imposibles de seguir si las lees por primera vezz.
En el primer ensayo, por tanto, me agobié un poco: partitura nuevva, coro nuevo que ya dominaba la obra, indicaciones en inglés a toda velocidad, continuos saltos hacia pasajes anteriores sin que nadie me esperase para encontrarlos en la partitura, lo que me hacía no saber casi nunca por dónde íbammos...


El segundo ensayo fue mucho mejor y ya empecé a disfrutar: había resuelto prácticamente todos los problemas y mi intuición bachiana hizo el resto. En cuanto al concierto de ayer... ¡Qué privilegio! Se estaba consumando uno de mis sueños, y yo apenas podía dar crédito a que tal experiencia fuese real y no cualquiera de mis fantasías oníricas. A veces, durante algunos compases de espera, me quedaba tan embelesada oyendo el conjunto que casi olvidaba mi entrada. ¡Oh! ¡Estaba interpretando con éxito pasajes durísimos! "CUM SANCTO SPIRITU", "CREDO IN UNUM DEUM", "PATREM OMNIPOTENTEM", "CONFITEO UNUM BAPTISMA", "ET RESURREXIT", "PLENI SUNT COELI ET TERRA", "HOSSANNA IN EXCELSIS"... El "ET IN TERRA PAX" fue pan comido, lo hice de memoria. Obviamente no podía leer el texto, la yema del dedo abarca sólo una línea; así que lo deducía, aunque a veces dijera "IN EXCELSIS" donde tocaba repetir "HOSSANNA", pero en el concierto salió bien. Yo me encontraba situada junto al órgano y Tenía a mi lado a una soprano que cantaba maravillosamente.
Estoy pensando ahora en la trompa del "QUONIAM TU SOLUS SANCTUS", que sólo interviene en ese fragmento; de máxima exigenccia, eso sí. Me gustaría que los coros hiciesen lo de antes, y lo que siguen haciendo el Tölzer Knabenchor y el Montevverdi Choir: es decir, que los solistas sean del coro. Ello me daría la oportunidad de cantar muchas arias. Además no me parece bien que exista tanto divismo; gente que no se mezcla con el resto, ni viste como el coro: va, hace sus solos y adiós, dándoselas de importante, ¡ja, ja!

Al final me felicitó Adrian, el direcctor del coro. Cuando Richard le pidió permiso para que cantase, creo que consintió un poco porque soy su amiga, pero tenía miedo de que no empastase en la cuerda. Yo me sentía doblemente comprometida: quería estar a la altura, hacer quedar bien a Richard y no defraudar a Adrian, todo ello teniendo presente que no había estudiado o cantado jamás la obra. Sin embargo, y antes de saber si tendría partituras o habría ensayos, exclamé: "¡Síííí! ¡Yo canto!". Confieso que ignoraba cómo iba a salir adelante, mas una cosa estaba clara: el no me cerraría puertas; el sí podía abrirme una magnífica posibilidad. "Acepto, y luego ya veremos" -me dije.
Ahora puedo regocijarme de haber superado con éxito un nuevo reto cuya constatación me otorgará fuerzas y predisposición anímica para el siguiente.
ES LEBE BACH!!! BACH VOBISCUM.

domingo, 30 de abril de 2017

Oihana Iturbide: cambiando droga por ciencia.



Oihana Iturbide

Artículo: "El horror que he vivido puede ser útil para otros".
Por segundo año consecutivo estamos disfrutando de las conferencias de divulgación en la carpa de la ciencia de la Feria del Libro de Granada. Hoy el colofón lo ponen una de música y otra de astronomía.
Ayer nos hablaron de un tema apasionante, las estrellas: su nacimiento, el tira y afloja entre la fuerza de la gravedad que las contrae y las reacciones de fusión nuclear que las expande..., hasta que dicho equilibrio, llamado "equilibrio hidrostático", se rompe y, dependiendo de la masa, se originan reacciones diferentes. Cuando el combustible se agota, el núcleo se calienta concentrándose en él la masa y las capas externas se enfrían, dando lugar a gigantes rojas. También puede pasar que cambien las reacciones, la clásica transformación de la materia: carbono, oxígeno, hierro..., pero llega un punto en que el hierro ya no puede modificarse y entonces obtenemos, dependiendo de la masa, supernovas o hipernovas, que al final explotan y hay dos posibilidades: o la estrella de neutrones, increíblemente densa (sería como poner un avión en un granito de arena) o los agujeros negros.



Espero no haber incurrido en errores. Esto lo había leído ya en la Breve Historia del Tiempo de mi amigo Hawking, y me encanta cómo describe la lucha de fuerzas. Olvidaba algo muy importante, y ojalá me pueda perdonar mi otro amigo, Carl Sagan: de toda esta cocina estelar procedemos nosotros; los ladrillos que nos constituyen vienen de allí, de ellas; el carbono, los lípidos y más elementos de la tabla periódica, su herencia. Confío en que muchos podáis mirar al cielo en una noche estrellada y no os sintáis tan lejos de esas concentraciones de gas y polvo.

Sorprendente la cata de huevos de un cocinero gallego, que nos explicó de qué triste forma desgraciamos los alimentos a base de cocerlos demasiado. Un huevo a 64 grados durante noventa minutos está jugoso y exquisito, mas, ¿cómo obtiene eso el usuario de a pie con hornos convencionales?
Enrique, el astrónomo ciego, vino acompañado por el doctor Rocco, su perro guía, que pronto le hará las observaciones, así que imagino que estará familiarizándose con los telescopios Y con todo el espectro, incluso el de sardinas de Málaga. ¡Ah, no! ¡Eso era el espeto! Enrique puso en relación "A la busca del tiempo perdido" de Proust con nuestro universo: lo que sabemos de él, los falsos mitos, el dogmatismo, etc. Es todo un humanista; el pasado año hizo otro tanto con "El corazón de las tinieblas".
Isabel, su colega del Instituto de astrofísica de Andalucía, nos habló con muchísimo humor de las galaxias y llegamos a la conclusión de que la nuestra no tiene nada de particular, ni de extraordinario. Se me ocurre ahora una pregunta: ¿por qué al primer planeta que se descubre en un sistema se le asigna la letra B en su nomenclatura y no A? Voy a comprar un billete para Próxima B, pero que viajen otros antes para inspeccionar el terreno. ¡Amigo Hawking...!


El jueves creo que nos emocionamos todos los asistentes con el testimonio de Oihana Iturbide, una señora que vino a hablarnos sobre lo que sucede a nuestro cerebro cuando nos volvemos adictos. Ella empezó a beber a los 14 años. Un fin de semana cualquiera salió y tomó una copa, por probar, pero siguió, siguió... Poco después vino el cannabis, y luego ya la cocaína. Nos relató valientemente que se había convertido en un asco de persona, que estaba hecha una piltrafa, que se odiaba y quería morir. En un determinado momento, cuando ya contaba con 29 años, su padre, alcohólico, la tomó de la mano y la llevó a un centro de rehabilitación donde, tras durísima terapia y una recaída en el proceso, logró establecer en su cerebro los niveles normales de dopamina. Me pregunto si la caída de estos neurotransmisores durante la depresión es similar a la que provocan los psicotrópicos. Por eso un depresivo es blanco fácil para las adicciones, al no encontrar placer en nada.
Un médico recomendó a la madre de Oihana que su hija estudiara; ella, que había sido un desastre en el colegio. La chica, ya con treinta y tantos, pensó que quería saber qué le había ocurrido a su cerebro para caer en aquella trampa mortal, y estudió neurobiología. Actualmente regenta una editorial de libros de divulgación científica y ha creado junto a su madre la Fundación María Aranzadi para ayudar a personas drogadicctas y prevenir las adicciones antes de que sea demasiado tarde.



Oihana se parece a mí en cierto modo: tuvo una situación límite, tocó fondo, quiso atentar contra su propia vida, y la ciencia la salvvó. Supongo que ella también profesará gran admiración por Stephen Hawking. durante la crisis, mi intuición me dijo que Hawking era el único capacitado para darme una respuesta y para comprenderme, de modo que le pregunté sin palabras cómo había resistido a tanta degradación, tantas limitaciones; cómo, a pesar de ello, había seguido investigando, soñando, forjando una familia... "Sé curiosa. Mira a las estrellas y no a tus propios pies. Somos una anécdota cósmica, querida: no caigas en el egocentrismo, pues no constituimos el centro de nada. Infórmate y aprende acerca del universo en el que vives, privilegio éste de la especie humana: hay tanto, tanto por descubrir... ¡Déjate fascinar! ¡Vamos! ¿A qué esperas? ¿Sabes cuánta energía inviertes, en vano, lamentándote? Estás dejando escapar el mayor tesoro: ¡tu tiempo! ¡Ése no vuelve! ¡Pobre criatura, qué inútil derroche! ¡Cuánto padecimiento vacuo, tan fácilmente reversible!".
Os aseguro que, desde que sigo tales directrices, mi vida ha dado un giro espectacular. Hawking me ha abierto los ojos. Lo abrazaría ahora mismo con todo el afecto y la máxima fuerza posible, pero me temo que habré de conformarme con una relación inexistente. En cualquier caso, desde aquí envío un abrazo virtual a todos aquellos que, aun experimentando situaciones duras y extremas, deciden no resignarse y buscar los apoyos necesarios hasta lograr el empujón que los sacará a flote.
Drogadictos del mundo, recordad: los efectos de la músicca sobre el cerebro, el nucleus accumbens y los neurotransmisores, son similares a los de los estupefacientes, pero no enganchan y su empleo es altamente beneficioso. ¡Adelante!